Julio Cortázar. Dos poemas

Si bien siempre se ha definido a Julio Cortázar (1914-1984) como un prosista, toda su obra puede considerarse poesía, aunque sólo tres de sus libros son íntegramente poéticos. Claro, tratándose de Cortázar, tampoco son -salvo el primero- los clásicos libros de poesía, así como varios de sus libros en prosa no son íntegramente prosísticos. Su itinerario como poeta se inició en 1938, en Bolívar, provincia de Buenos Aires. Allí el joven profesor de Letras del Colegio Nacional de esa ciudad publicó su primer libro, «Presencia» con el pseudónimo de Julio Denis. Luego, en 1942, en la revista «Huella» apareció un artículo suyo sobre Arthur Rimbaud (1854-1891), poeta que definirá su camino literario y, en 1946, presentó en la «Revista de Estudios Clásicos» editada por la Universidad de Cuyo un trabajo sobre el poeta John Keats (1795-1821). En 1949 publicó «Los reyes», un poema dramático que pasó inadvertido tanto para la crítica como para los lectores. Años más tarde, en 1962, apareció «Historias de cronopios y de famas», en el que los manuales de instrucciones -una de las secciones en que está dividido el libro- están escritos en forma de poemas. En «La vuelta al día en ochenta mundos», de 1967, reunió cuentos, crónicas y poemas. En 1968 publicó «62. Modelo para armar», novela que contiene un largo poema -«La ciudad»-, ubicado al principio como una clave para su lectura, casi como el fundamento del libro, la base para su comprensión. Al año siguiente publicó «Último round», otro de sus «libros-collage», donde compiló ensayos, cartas, relatos, textos humorísticos y poemas. Tres años después publicó «Pameos y meopas», una selección de poemas escritos entre 1944 y 1958.Finalmente, en 1984 apareció «Salvo el crepúsculo», su último libro, que contiene poemas clasificados por temas y escritos a través de toda su vida. La obra puede ser vista como una serie de textos ordenados cronológicamente o una sucesión de etapas y estilos.

Tres libros de Julio Cortázar

Cortázar se reconocía poeta desde el principio. Él mismo lo recordó en uno de los fascículos de «La historia de la literatura argentina» que el Centro Editor de América Latina publicaba en los años ’70: «De golpe quiero ser músico, pero no tengo aptitudes para el solfeo (mi tía dixit) y en cambio los sonetos me salen redondos. El director de la primaria le dice a mi madre que leo demasiado y que me racione los libros; ese día empiezo a saber que el mundo está lleno de idiotas. A los doce años proyecto un poema que modestamente abarcará la entera historia de la humanidad y escribo veinte páginas correspondientes a la edad de las cavernas; creo que una pleuresía interrumpe esta empresa genial que tiene a la familia en suspenso». “Semilla» y «Nocturno» son dos pequeñas muestras de la pericia poética de Cortázar. Ambos tienen, aunque tangencialmente, un denominador común: los caballos. El primero apareció en la revista literaria «Oeste» nº 18/20 publicada en Buenos Aires en marzo de 1955; el segundo pertenece a «Salvo el crepúsculo», libro publicado en 1984 pocos meses después de su muerte.

Dejamos a continuación estos dos poemas que originalmente fueron escritos en verso pero que, al pasarlos a prosa, claramente nos dejan ver que pudieran ser cualquier fragmento de alguno de los textos que nos dejara el escritor argentino:

SEMILLA

Mínima imagen que contiene un árbol ¿también está ahí dentro el cielo, un viento pequeñito columpiándolas ramas y los pájaros? Tristeza de guardar tanto futuro, mi mano, qué llanura para el paisaje donde corre el álamo y un potro salta zanjas, las que dice mi muerte, galopando por las flores.

NOCTURNO

Tengo esta noche las manos negras, el corazón sudado como después de luchar hasta el olvido con los ciempiés del humo. Todo ha quedado allá, las botellas, el barco, no sé si me querían, y si esperaban verme. En el diario tirado sobre la cama dice encuentros diplomáticos, una sangría exploratoria lo batió alegremente en cuatro sets. Un bosque altísimo rodea esta casa en el centro de la ciudad, yo sé, siento que un ciego está muriéndose en las cercanías. Mi mujer sube y baja una pequeña escalera como un capitán de navío que desconfía de las estrellas. Hay una taza de leche, papeles, las once de la noche. Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran a la ventana que tengo a mi espalda.

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