Ida Vitale, poesía que perdura

“Una lluvia de un día puede no acabar nunca, puede en gotas, en hojas de amarilla tristeza irnos cambiando el cielo todo, el aire, en torva inundación la luz, triste, en silencio y negra, como un mirlo mojado”.

Esas palabras que se hieren y se funden, que dejan de ser la lluvia, son la voz cristalina y la marca de Ida Vitale, la mujer que ha cruzado un siglo de poesía para convertirse en la ganadora del Premio Cervantes, el equivalente al Nobel de Literatura en español (dotado con 125.000 euros) y que la convierte no solo en la quinta mujer en recibir el galardón que entrega el Ministerio de Cultura de España, sino que también ha propiciado que el reconocimiento se quede por segundo año consecutivo en Latinoamérica, pues el año pasado lo obtuvo el nicaragüense Sergio Ramírez.

Precisamente, ha sido Ramírez, que ahora forma parte del jurado, quien mencionó que Vitale merece el premio “por su lenguaje, uno de los más destacados y reconocidos de la poesía moderna en español, que es, al mismo tiempo, intelectual y popular, universal y personal, transparente y hondo”. La vida que reflejan los ojos azules de la uruguaya, de 96 años, es la misma que transmiten sus palabras, firmes, cargadas de sentimiento y pasión.

“Pese a las dificultades por las que atraviesa el mundo hoy: las prisas, el poder o el protagonismo mortal del dinero, la poesía perdurará siempre. Es como la música, uno no puede vivir sin ella y siempre tienes que escucharla, pues con la poesía es lo mismo, es eterna y necesaria, porque es la vida”, afirma la mujer, en que mayo de 2016 perdió a su esposo (también poeta) Enrique Fierro en Austin (Texas), lugar en el que el matrimonio residía desde 1988.

Convertida desde hace años en un referente para los poetas de distintas generaciones, el Cervantes le llega luego de haber recibido el Premio Reina Sofía de Poesía en 2015 y, más recientemente, el Premio de Literatura en Lenguas Romances de la FIL de Guadalajara. Perteneciente a la Generación del 45, junto a Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti, Vitale era muy amiga del autor de El pozo.

“Teníamos una amistad muy cercana con Onetti, aunque una vez nos peleamos porque él iba a publicar un libro como inédito y yo le dije que eso no era nada nuevo”, recordó en una ocasión. Vitale es la quinta mujer en recibir el Cervantes, después de María Zambrano en 1988, Dulce María Loynaz en 1992, Ana María Matute en 2010 y Elena Poniatowska en 2013. El 23 de abril de 2019, día en que se conmemora la muerte del creador de El Quijote, la autora de Gotas, Exilio y Fortuna recibió el galardón en la Universidad de Alcalá de Henares de manos de los reyes Felipe y Letizia.

Un camino 
Su carrera comenzó en la licenciatura de Humanidades, en Uruguay. Se dedicó a la docencia y publicó algunos textos en prosa, crítica y ensayo. No fue hasta 1949 que se conocieron públicamente sus poemas en el libro La luz de esta memoria. Entre el 62 y el 64 dirigió la sección literaria del diario uruguayo Época. También fue parte del equipo de dirección de las revistas Clinamen y Maldoror. Publicó Palabra dada (Montevideo, 1953), Cada uno en su noche (Montevideo, 1960) y Paso a paso (Montevideo, 1963). En 1974 se fue de Uruguay, huyendo de la dictadura cívico-militar que sometió al país sudamericano hasta 1985.

Llegó a México junto a Benedetti, Carlos Maggie, Domingo Bordoli y Amanda Berenguer. En México vivió una década, en la que se volvió amiga de Octavio Paz, quien le pidió que se sumara al comité asesor de Vuelta, que se fundó en 1976. También fue una de las fundadoras del diario UnomásUno. En 1984 volvió a Montevideo.

“Dejamos México (ella y Enrique Fierro) cuando acá volvía la democracia y creíamos que era nuestra obligación volver”, mencionó. Estuvieron dos años ahí y regresaron al exilio, en Austin, Texas. “Cuando mur ió Enr ique apunté muchas cosas y supongo que, si sale otro libro de poesía, será de un tono muy diferente al que estaba acostumbrada hasta ahora”, señaló la escritora en una entrevista el año pasado, en la que también afirmó que algún día volverá a México porque es allí donde viven sus hijos, Amparo y Claudio, nacidos de su primer matrimonio con el crítico literario Ángel Rama.

Durante su carrera literaria ha escrito obras como La luz de esta memoria (1949), que fue su primer poemario, al que siguieron Palabra dada (1953), Cada uno en su noche (1960), Paso a paso (1963), Oidor andante (1972) o Jardín de sílice (1980). La antología Fieles (1976- 1982) antecedió a Elegías en otoño (1982), Entresaca (1984), Parvo reino (1984), Sueños de la constancia (1988), Serie del sinsonte (1992), Procura de lo imposible (1998), Reducción del infinito (2002), Plantas y animales (2003), o El Abc de Byobu (2005).

En septiembre de 2010 publicó el poemario Mella y criba (poemario), en 2016 aparecieron Sobrevida y Mínimas de aguanieve. Entre sus ensayos, destacan Arte simple (1937), El ejemplo de Antonio Machado (1940), Cervantes en nuestro tiempo (1947), La poesía de Basso Maglio (1959), M. Bandeira, C. Meirles y C. Drummond de Andrade: Tres edades en la poesía brasileña actual (1963), La poesía de Jorge de Lima (1963) y La poesía de Cecilia Meireles (1965).

La precisión 

Vitale ha sido citada como una maestra de la concisión, autora de una poesía precisa como un telegrama donde no sobra ni una sola palabra. “En general la corrección tiende a eliminar. Pero no hay un método.

El único método es desconfiar, revisar, volver…”, explica. “No me preocupa la dimensión de los poemas como un problema en sí, sino la relación con lo que uno quiere decir. Si se puede decir en menos, mejor. Es la desconfianza lo que me lleva a reducir o a concentrar. Siempre hay más seguridad cuando las palabras son más precisas.

Cuando uno utiliza muchas palabras rodeando la idea que es esencial, simplemente puede ser que uno no haya encontrado la palabra que lo concentra todo”, añade. Aunque no le parece que los galardones literarios deban motivar a más mujeres para que se vuelquen hacia la literatura, sostiene que este tipo de reconocimientos puede ayudar a difundir la escritura femenina. Hoy, a sus 96 años, continúa con ánimos de escribir y “mientras siga con algunas facultades mentales” no dejará de hacerlo.

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