Poemas para la vida: ‘La poesía’, de Octavio Paz

Ensayista, dramaturgo y, como dejó escrito, “vocacional y pasionalmente poeta”, Octavio Paz (Mixcoac, 1914 – Coyoacán, México, 1998) es uno de los intelectuales hispanos más influyentes del pasado siglo. Autor de una obra muy personal difícil de adscribir a movimiento literario alguno, obtuvo el Premio Cervantes en 1981 y el Nobel en 1990.

Entre 1933 y el año de su adiós, Paz publicó, además de ensayos y obras de teatro, veintiocho libros de poemas. Tras Luna Silvestre (1933) y el poemario dedicado a la Guerra de España ¡No pasarán! (1936), edita Raíz del hombre (1937), Bajo tu clara sombra (1937), Entre la piedra y la flor (1941) y A la orilla del mundo (1942).

En la década de los 50 escribe cuatro libros fundamentales: Libertad bajo palabra (1949), El laberinto de la soledad (1950), ¿Águila o sol? (1951) y El arco y la lira (1956).

Su obra, extensa y variada, se completa con numerosos poemarios y libros ensayísticos, entre ellos, Cuadrivio (1965), Ladera este (1968), Toponemas (1969), Discos visuales (1969), El signo y el garabato (1973), Mono gramático (1974), Pasado en claro (1975), Sombras de obras (1983) y La llama doble (1993). En 1999 aparecen, póstumamente, Figuras y figuraciones Memorias y palabras.

El domingo 22 de diciembre de 1996 un incendio destruye su vivienda de Ciudad de México, llevándose por delante una parte sustancial de su gran biblioteca. Octavio Paz, ya enfermo, se traslada a la llamada Casa Alvarado, en Coyoacán, donde muere el 19 de abril de 1998. Ese lugar albergó la Fundación que lleva su nombre y es sede de la Fonoteca Nacional.  

Prácticamente imposible de encuadrar en tendencia o movimiento alguno, aunque el surrealismo le dejó huella, la experimentación y la búsqueda nacidas de un inconformismo literario evidente marcan desde sus primeros versos su labor poética. Paz es un grande entre los grandes que, desde un hondo lirismo lleno de imágenes, escribe al hilo de su preocupación social y de la reflexión sobre temas de raíz existencial, como la soledad y el paso del tiempo.

De su amplia producción rescatamos La poesía, pieza dedicada a Margarita Michelena y a Luis Cernuda,  incluida en su libro Libertad bajo palabra.

Llegas, silenciosa, secreta,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una avidez sombría.

El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente
contra invisibles huestes.

Verdad abrasadora,
¿A qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que sólo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma
mas hace arder todas las formas.

Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.

Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente,
abres mis ojos.

Percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.

Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo.

Insiste, vencedora,
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.

Eres tan sólo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma
ni se demora sobre lo que engendra.

Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con aceite,
para que al conocerte me conozca.

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