Me dijo que sí

Por Jhon Jaime Pineda

Me había dicho que sí, de repente y solo con ser yo mismo sin tratar ni pretender impresionarla, sin acosar ni llevar las cosas a la intensidad, simplemente siendo yo, con naturalidad, sin tapujos, sin mascaras, sin fantasear, todo esto la llevó a ir observando más allá, a mirar el detalle, a traspasar lo que la simple vista no deja ver, a ir al trasfondo a ver con los oídos, a oír lo que los hechos dicen… ¡me dijo que si! Mas no con palabras, ella, ella usó mi lenguaje, no usó la palabra. Me dijo que sí con acciones, rápida y fugazmente cruzó ese puente que nos separaba, un puente largo y estrecho, débil, difícil de atravesar pero, lo atravesó con pasos firmes y decisivos para no volver atrás. Las palabras sobraban, no eran necesarias. Sabía que las mejores palabras son las que no se hablan si no las que se dicen con el alma, son, las que no suenan, sino las que resuenan por una mirada, por un suspiro, por un rose, por un gesto, por una acción… ese sería ahora nuestro lenguaje. Con ese sí absoluto y certero se selló un pacto. En mi interior sabía y tenía claro que el sendero iniciado traspasaba los límites del horizonte, sabía por las palabras de sus ojos que no sería una aventura nada más, los gritos de sus caricias me decían que él camino era sin final. En lo por seguir vislumbraba una alegría y una felicidad que no sabía que existía, ese confort nunca lo había sentido. Aquello de las mariposas en el estómago era cierto. Solo con pensar en ella un sinnúmero de mariposas hacían metamorfosis en mi estómago, revoloteaban y hacían brillar mis ojos de una manera especial. Sus besos dulces y sinceros me permitieron degustar el néctar de los dioses griegos, algo mágico sin comparación, como si el mismo Ganimedes me lo sirviera en el cáliz de sus labios, suave, rojizo, cristalino… sin fin.

Salir tomado de su mano, una experiencia reconfortante, regocijante y abrigadora. Esto me transmitía seguridad. Sentía que no debía tener temores, como quien sabe que recibirá una herencia y que nadie en absoluto lo podrá suplantar. Era fantástico, tanto como ir por un camino diseñado para episodios mágicos de alguna obra de cine donde lo único que se siente es una tranquilidad y un bienestar sin descripción.

Mas esta es una serie de dos temporadas, ya que viene una segunda fase. Ya, afianzado en terreno firme y sólo para hacer el formalismo, llegó un día como cualquier otro. Yo había viajado a visitarla, ella vivía en Sevilla, en lo alto de la cordillera. Era un día frío, cubierto de nubes. Salimos tomados de la mano, a recorrer las calles del frío pueblo, a disfrutar de ese clima tan único y de sus aromas tan ricos.

Ella caminaba sobre el anden y yo iba por la calle, de repente y espontáneamente lancé el formalismo de algo que ambos ya sabíamos : ¿te casarías conmigo? Frenó su caminar, me miró y rodeando mi cuello con sus brazos me dijo que sí con sus ojos y con su dulce beso. Como símbolo del sí, puse en su dedo un anillo de plata, diferente a los que siempre dan de compromiso, a mi gusto, a mi estilo.

Ese día perduraría en nuestra colección de recuerdos, y esa imagen en el álbum de nuestra mente para siempre.

Salíamos por las calles como dos chiquillos a quienes les han dado un nuevo regalo, un nuevo juguete. A pesar de no ser un par de adolescentes nuestra conducta irrumpía en algo a la ingenuidad, arraigados a las viejas costumbres. Mientras yo iba de visita al pueblo nuestros encuentros eran en casa de su mamá o en casa de la mía. Muy casuales y discretos, sin pasar la raya que limitaba la confianza. Así transcurría mi visita de novio de fin de semana, aprovechando y disfrutando la compañía. Lo demás ya tendría su tiempo y su lugar.

Fueron varios episodios así, varios viajes, varios encuentros, salidas al parque a conversar, aunque no fuera nuestro fuerte, hablábamos de nuestros anhelos,! sobretodo de ello!, mirándonos, tomando alguna cerveza de aquellas marcas que se ponen de moda. Yo, miraba sus labios como se movían cada vez que ella hablaba, muy cerca para poderla escuchar porque el bullicio de la multitud en el parque era mucho. Esos momentos tan sutíles, sin comparación. Los recuerdo y me estremezco, aún los siento tan presentes.

Sabía y sentía que cada viaje no era en vano, debía de disponer todos mis esfuerzos para consumar ese sí. De parte mía no quería que pasara mucho tiempo, no quería esperar y lo mejor de todo es, que sabía que ella tampoco quería esperar. Lo que teníamos que saber ya lo sabíamos. Habíamos desnudado nuestras almas el uno al otro. Nada que ocultar. Había mucho por ganar si se consumaba la relación como debía de ser.

Muy a nuestro estilo, sencillo y a la antigua, anunciamos ante ambas familias nuestra intención y pedí su mano. Todo fue muy rápido ese día, pues teníamos que viajar. Yo debía trabajar al día siguiente, pues laboraba en un ingenio azucarero del Valle.

Pero, las buenas cosas no requieren de mucho tiempo, con un minuto basta. Se cumplió, se hizo como debía de ser. Ya, solo quedaba esperar tres meses pues el anuncio fue el primero de enero. ¡Empezamos bien el año! La boda sería en marzo, tres meses únicamente y tocaríamos el cielo con las manos, y literalmente así iba a ser. Lo sabía desde el día en que ella me dijo que sí.


Jhon Jaime Pineda López, nació en Sevilla, Valle, Colombia, 1979, es tecnólogo en Administración de Empresas. Desde temprana edad le ha gustado escribir acerca de lo que observa y de lo que le rodea. Le gusta dejar plasmado lo que en un momento de- terminado siente o piensa. Escribir, lo considera como una manera de tener paz interior, lo desahoga y lo libra de cargas.

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