Cinco poemas de Blanca Varela

Esta poeta peruana fue una de las voces más importantes y reconocidas de la poesía latinoamericana del siglo pasado. A continuación puedes leer 5 poemas de Blanca Varela.

Casa de cuervos

porque te alimenté con esta realidad
mal cocida
por tantas y tan pobres flores del mal
por este absurdo vuelo a ras de pantano
ego te absolvo de mí
laberinto hijo mío

no es tuya la culpa
ni mía
pobre pequeño mío
del que hice este impecable retrato
forzando la oscuridad del día
párpados de miel
y la mejilla constelada
cerrada a cualquier roce
y la hermosísima distancia
de tu cuerpo
tu náusea es mía
la heredaste como heredan los peces
la asfixia
y el color de tus ojos
es también el color de mi ceguera
bajo el que sombras tejen
sombras y tentaciones
y es mía también la huella
de tu talón estrecho
de arcángel
apenas pasado en la entreabierta ventana
y nuestra
para siempre
la música extranjera
de los cielos batientes
ahora leoncillo
encarnación de mi amor
juegas con mis huesos
y te ocultas entre tu belleza
ciego sordo irredento
casi saciado y libre
con tu sangre que ya no deja lugar
para nada ni nadie

aquí me tienes como siempre
dispuesta a la sorpresa
de tus pasos
a todas las primaveras que inventas
y destruyes
a tenderme -nada infinita-
sobre el mundo
hierba ceniza peste fuego
a lo que quieras por una mirada tuya
que ilumine mis restos
porque así es este amor
que nada comprende
y nada puede
bebes el filtro y te duermes
en ese abismo lleno de ti
música que no ves
colores dichos
largamente explicados al silencio
mezclados como se mezclan los sueños
hasta ese torpe gris
que es despertar
en la gran palma de dios
calva vacía sin extremos
y allí te encuentras
sola y perdida en tu alma
sin más obstáculo que tu cuerpo
sin más puerta que tu cuerpo
así este amor
uno solo y el mismo
con tantos nombres
que a ninguno responde
y tú mirándome
como si no me conocieras
marchándote
como se va la luz del mundo
sin promesas
y otra vez este prado
este prado de negro fuego abandonado
otra vez esta casa vacía
que es mi cuerpo
a donde no has de volver

Curriculum vitae

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.

Así sea

El día queda atrás,
apenas consumido y ya inútil.
Comienza la gran luz,
todas las puertas ceden ante un hombre
dormido,
el tiempo es un árbol que no cesa de crecer.

El tiempo,
la gran puerta entreabierta,
el astro que ciega.

No es con los ojos que se ve nacer
esa gota de luz que será,
que fue un día.

Canta abeja, sin prisa,
recorre el laberinto iluminado,
de fiesta.

Respira y canta.
Donde todo se termina abre las alas.
Eres el sol,
el aguijón del alba,
el mar que besa las montañas,
la claridad total,
el sueño.

A media voz

la lentitud es belleza
copio estas líneas ajenas
respiro
acepto la luz
bajo el aire ralo de noviembre
bajo la hierba
sin color
bajo el cielo cascado
y gris
acepto el duelo y la fiesta
no he llegado
no llegaré jamás
en el centro de todo
esta el poema intacto
sol ineludible
noche sin volver la cabeza
merodeo su luz
su sombra animal
de palabras
husmeo su esplendor
su huella
sus restos
todo para decir
que alguna vez
estuve atenta
desarmada

sola casi
en la muerte
casi en el fuego

Dama de blanco

el poema es mi cuerpo
esto la poesía
la carne fatigada
el sueño el sol
atravesando desiertos
los extremos del alma se tocan
y te recuerdo Dickinson
precioso suave fantasma
errando tiempo y distancia
en la boca del otro habitas
caes al aire eres el aire
que golpea con invisible sal
mi frente
los extremos del alma se tocan
se cierran se oye girar la tierra
ese ruido sin luz
arena ciega golpeándonos
así será ojos que fueron boca
que decía manos que se abren
y se cierran vacías
distante en tu ventana
ves al viento pasar
te ves pasar el rostro en llamas
póstuma estrella de verano
y caes hecha pájaro
hecha nieve en la fuente
en la tierra en el olvido
y vuelves con falso nombre de mujer
con tu ropa de invierno
con tu blanca ropa de
invierno
enlutado


Blanca Varela. Poeta peruana, nacida en Lima, cuya voz lírica alcanzó un tono personal, intenso y reconocible que le ha dado un puesto sobresaliente en la poesía hispanoamericana contemporánea. Su evolución fue pausada y no muy abundante en libros, pero sí rigurosa y profunda. La suya no es una poesía fácil de clasificar, aunque algunas de sus raíces estéticas puedan identificarse, porque se mantuvo al margen de corrientes en boga y permaneció fiel a una búsqueda interior que no hizo sino perfeccionarse. En la década de 1940, además de seguir estudios universitarios, hizo periodismo, frecuentó la tertulia literaria de la Peña Pancho Fierro que presidía José María Arguedas, y cultivó la amistad, entre otros, de escritores como Sebastián Salazar Bondy y Emilio Adolfo Westphalen. Allí conoció al pintor Fernando de Szyszlo, con quien estuvo casada largos años. Colaboró en la revista Las moradas, dirigida por Westphalen. En 1949, marchó a París y empezó a escribir poesía, aparte de dedicarse al periodismo y la traducción. El clima intelectual europeo de esa época (sobre todo el existencialismo y los rescoldos todavía candentes del surrealismo) influyeron en ella; frecuentó también a escritores hispanoamericanos que residían en esa ciudad, como Ernesto Cardenal, Julio Cortázar y Octavio Paz, quien estimularía su trabajo poético, prologaría su primer libro y le sugeriría su título: Ese puerto existe (1959). Tras un breve retorno al Perú, en 1955, vivió entre 1957 y 1960 en Washington. Desde entonces residió casi permanentemente en su ciudad natal, con contactos muy esporádicos con el ambiente literario. A fines de la década de 1960, colaboró en otra importante revista de Westphalen: Amaru. Fue secretaria General del Centro Peruano del PEN Club Internacional y dirigió la oficina del Fondo de Cultura Económica en Lima. Después del libro mencionado, la autora publicó los siguientes: Luz del día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972), Canto villano (1978), Camino a Babel (1986), Ejercicios materiales (1993), El libro de barro (1993), Poesía escogida (1993) y Del orden de las cosas (1993). Bajo el título Canto villano (1986) recopiló su obra poética desde 1949 a 1983. Sus más recientes títulos fueron Concierto animal (1999) y la antología Donde todo termina abre las alas: poesía reunida 1949-2000 (2001). En 2001 recibió el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, y en el 2007 el Premio Reina Sofía de Poesía.

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